jueves 10 de septiembre de 2009

Lisboa

El sonido de un acordeón en el velador de un café al lado del A Brasileira pisado por antiguos poetas como Fernando Pessoa. Son las 3 de la tarde en el corazón de la ciudad. Se intuye la curvatura de la calle, que a varios metros más abajo reproduce una bajada con una gran inclinación que hace que desde el asiento del café se divise la grandeza de la Alfama. La ciudad, que si bien no es muy grande al modo de las grandes megalópolis y que además no está muy poblada de rascacielos... se ha convertido en la capital de su país, en el centro neurálgico de millones de personas. Y que gracias a la administración nacional se ha convertido en el punto central de todo el papeleo, en el punto de reunión de todas las instituciones.

Todo en nada de espacio.


Sigue sonando el acordeón, toca al parecer la m
anida, frecuente y sobada banda sonora de Amelie de memoria, tanto que parece playback. El acordeonista está ahora siendo animado por dos borrachos con rastas con una litrona de Sagres. Pago el café (2,50... menudo robo, por lo menos ha merecido la pena, "gracias" dice mi paladar). Me muevo y bajo por ese tremendo descenso, por el que vine, y tanto me costó subir, y por ello, suelto un suspiro de alivio (todo lo que sube tiene que bajar). Paso por las puertas de librerías preciosas con volúmenes polvorientos cuyo fondo se pierde de vista desde el escaparate, de tugurios con una niebla y unos clientes que no se divisan salvo al final. Bajando un chico me ofrece hachís y lo intento rechazar elegantemente... pero al final me ofrece también maría en un español perfecto porque reconoció mi nacionalidad y tengo que mandarle a la mierda porque está siendo demasiado pesado.


Se intuye un sonido de fado desde un balcón florido. Azulejos azules y blancos. Nunca he tenido un oído muy ducto en diferenciar géneros musicales extranjeros, pero sí, lo parece.
Llego sudando y cansado (maldita hora) a la línea del metro, y se oye un hombre ciego cantando ese fado que parecía provenir de un balcón. Aprovechando el eco y la acústica de la estación que es inauditamente perfecta, el invidente deslizaba su garganta por las notas. Pide limosna, pero shit, no tengo suelto, para uno que se lo merece... me acuerdo del euro que perdí en la máquina del agua (un euro por un sonido de atascazo en la máquina... y ninguna botella... maldita sea).

Me monto en el vagón del metro rascándome el bolsillo y la cabeza. 'Qué desigualdad'. Hace un par de horas estuve en el centro yuppie de la ciudad... la Expo'98 se ha aprovechado bien. Centros comerciales, chaquetas, corbatas, parquímetros...

Mi mente vuelve al presente mientras el metro se introduce por la izquierda del tunel (llamadme cateto, pero nunca me acostumbraré) y en un momento del largo trayecto sale a la superficie donde se divisan algunos gigantes de cemento acristalado, y cerca del vagón se divisan algunas chabolas en un hoyo del terreno. Y ante esto, me vuelvo a rascar la cabeza.


Me bajo en mi destino, subo las escaleras de las estación 'Cais do Sodré' y cojo un tranvía amarillo que pasaba por allí con bastante encanto y un conductor dentro que no hacía mucha justicia a éste por su simpatía (en cualquier ciudad los conductores del transporte público son bastante antipáticos). Y llego a Belém, donde decido refugiarme en la sombra del café donde se crearon sus famosos pasteles en 1837. El sol en la explanada del Tejo es de justicia, así que pido un café con hielo, que hace que se deslice un aroma fresco y a la vez amargo por mi garganta.

Me armo de valor y me acerco al monumento de los conquistadores, donde miro desde allí al puente 25 de abril y por el que entré con una gran inyección de adreladina (si, la fama de los lugareños es correspondida) miro a lo lejos el castillo de Belém, con un césped donde decido tumbarme (a la sombra, por supuesto) a 50 metros de una familia de rumanos, que rodean a los turistas de una forma sospechosa... y me vuelvo a rascar la cabeza.

Y me pregunto por que me gusta esta ciudad, y me pregunto porque no está mejor cuidada, y me pregunto por su desigualdad y me pregunto en cual sería la clientela del yonkie y como sería estudiar medicina en la Universidade Nova y me pregunto también cuantos CR9's puede haber de publicidad en toda la ciudad.

Y me encanto por su aire bohemio, por su aire atlántico, por su gastronomía y por su café, por su gente, por la inmensidad del Tejo, por su música y por sus rincones encantados.


Todo en nada.

Alegría y pena por partes iguales.


Abandono la ciudad por el puente
Vasco da Gama, y miro la ciudad de lejos, el Cristo Rei mira hacia la bruma estival que se diluye en el horizonte, mientras el sol con una luz crepuscular cae por la desembocadura del Tejo.

Y a pesar de todo me rasco la cabeza pensativo durante los aproximadamente 14 km. del puente. Me digo mientras en la radio suena Montras "Tengo que volver a Lisboa".


1 Callejeros:

Francis dijo...

Muy rico, señorito. Ya se echaba de menos textos nuevos. Yo también debería ir pensando en escribir pronto...algún día...